Las veredas que rodean Utrera, en pleno corazón de la campiña sevillana, ofrecen en primavera buenas oportunidades de observación donde los matorrales, lindes y olivares se convierten en refugio y escenario para algunas de las aves más discretas y fascinantes del paisaje mediterráneo: las currucas.
Durante varias jornadas de observación en este enclave, he tenido la oportunidad de fotografiar tres especies bien representativas de estos ambientes. La curruca cabecinegra [Sardinian Warbler - Curruca melanocephala], siempre inquieta, se deja ver brevemente entre el follaje, destacando el contraste de su característico capirote oscuro con el anillo ocular rojizo.
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Más esquiva resulta la curruca carrasqueña [Subalpine Warbler - Curruca cantillans], que se mueve con agilidad entre arbustos bajos y densos, donde su plumaje color ladrillo en el macho la vuelve fácilmente identificable.
Por su parte, la curruca zarcera [Common Whitethroat - Curruca communis] aporta un toque más abierto al paisaje, frecuentando zonas de vegetación más despejada, donde su silueta estilizada y su comportamiento más expuesto facilitan la observación.
Estas imágenes no solo documentan la presencia de estas especies, sino también la riqueza de un entorno agrícola que, cuando conserva sus elementos tradicionales, sigue siendo un espacio clave para la biodiversidad.







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